Gran Editorial de la Semana
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Durante décadas, el debate nacional sobre Itaipú se concentró en una pregunta: ¿cuánto vale nuestra energía y cuánto debería pagar Brasil por el excedente que el Paraguay no consume?
Sin embargo, existe otra pregunta que pocas veces ocupa el centro del debate y que resulta fundamental para comprender nuestra historia energética.
¿Por qué el Paraguay nunca desarrolló, con la prioridad que exigía el interés nacional, la infraestructura necesaria para utilizar progresivamente la energía que le correspondía?
Esta no es una pregunta menor.
Es una pregunta de Estado.
La energía de Itaipú constituye uno de los mayores activos estratégicos del Paraguay. Sin embargo, aprovechar plenamente ese recurso no dependía únicamente del Tratado, sino también de la capacidad del país para construir líneas de transmisión, subestaciones, redes de distribución y, sobre todo, una política sostenida de industrialización.
No alcanza con ser propietario del recurso energético.
También hay que contar con la infraestructura necesaria para transportarlo hasta los centros de consumo y con una economía capaz de transformarlo en producción, empleo y exportaciones.
Hoy muchas industrias paraguayas continúan utilizando biomasa, carbón o combustibles derivados del petróleo en diversos procesos productivos. Esto abre un debate técnico que merece ser estudiado con datos oficiales: ¿qué políticas públicas se implementaron durante las últimas décadas para incentivar una mayor electrificación industrial? ¿La expansión de la infraestructura eléctrica acompañó realmente las necesidades del desarrollo nacional?
Responder estas preguntas exige revisar documentos, inversiones y planes de largo plazo. Más que buscar responsables individuales, el desafío consiste en comprender si el país aprovechó plenamente una ventaja competitiva excepcional.
El reciente editorial de ABC Color plantea que la renegociación del Anexo C perdió una oportunidad histórica. Esa reflexión es importante y merece ser considerada. Sin embargo, el análisis puede ampliarse con otra perspectiva: la fortaleza negociadora de un país también depende de su capacidad para consumir y agregar valor a la energía que le pertenece. Cuanto mayor sea el uso interno para generar riqueza, mayor será también su autonomía estratégica.
El verdadero desafío del Paraguay ya no consiste solamente en discutir el precio de la energía cedida.
Consiste en convertir la energía limpia y renovable en el principal motor del desarrollo nacional.
Cada megavatio utilizado para producir fertilizantes verdes, hidrógeno verde, acero de bajas emisiones, centros de datos, inteligencia artificial, manufacturas avanzadas o nuevas industrias genera mucho más valor económico y social que la simple exportación de electricidad.
La energía debe dejar de ser vista únicamente como un recurso de exportación.
Debe convertirse en la base de una nueva política nacional de industrialización.
Ese es el gran debate que el Paraguay necesita abrir.
Porque las naciones que transforman sus recursos naturales en conocimiento, innovación e industria son las que construyen prosperidad para las próximas generaciones.
El Paraguay que queremos no debe conformarse con producir energía. Debe proponerse transformarla en desarrollo, empleo, competitividad y bienestar para todos los paraguayos.